lunes, 25 de mayo de 2020
TRACY CHEVALIER. LA VOZ DE LOS ÁRBOLES. At the Edge of the Orchard
viernes, 15 de mayo de 2020
BIENVENIDA A CASA. En busca del hogar. Cartas, recuerdos y fotografías de Lucia Berlin
Su segundo hijo, Jeff Berlin (n. 1958), es el autor del prólogo a estas “historias, cartas y fotografías de los primeros veintinueve años… [de 1936 a 1965]” de la escritora Lucia Berlin, su madre (1936-2004). “Crecimos escuchando sus historias…sus aventuras con su mejor amigo Kentshereve [en realidad, Kent Shreve], en Idaho; la cabaña de las paredes forradas con páginas de revistas; la tía Tiny en el tejado…”.
“Siempre he sido buena para escuchar. Esa es mi mejor cualidad”-
escribe en el relato Temps perdu.
“La primera palabra que dije fue luz”.
“Lo único que recuerdo de Helena
[Montana] es la biblioteca, la cubierta verde de Viento del oeste de la vieja madre, la azul gastada de Betsy”. Creía que Betsy estaba escrito expresamente para mí…”. En el relato
“Estrellas y santos”, escribirá: “Fue el primer libro de verdad que leí, el
primer libro del que me enamoré”.
[En Mullan, Idaho] “Nos encantaba ir a
la escuela [Kentshereve y yo empezamos primer curso]. Había una sola maestra,
la señorita Brick, que era magnífica”.
[En El Paso, Texas] “Todo el mundo
estaba rociando siempre con Flit a las cucarachas o los mosquitos…El abuelo
olía a cigarrillos Camel y a ron de malagueta y a Jack Daniel´s. Mi madre olía
a cigarrillos Camel y a Tabú y a Jack Daniel´s. El tío John olía a cigarrillos
Delicado y a tequila…Yo comía en la mesa Duncan Phyfe del comedor, leyendo a
Emily Post y las Citas familiares [Familiar Quotations] de [John]
Bartlett…”.
[En Santiago de Chile] “Íbamos [mis
amigas y yo] a la modista y a la peluquería y al zapatero, salíamos a almorzar
en el Hotel Carrera o el paseo Ahumada, a espléndidas meriendas en el [hotel]
Crillón o en casa de uno o de otro…la opulencia y la holgura envolvían nuestro
mundo”…
[En la universidad de Nuevo México,
Albuquerque]. “Me permitieron asistir a clases de literatura en cursos más
avanzados, con uno de mis escritores favoritos, Ramón J. Sender, exiliado
español”. En
uno de los relatos, Querida Conchi,
escrito en forma de cartas, le cuenta a su interlocutora: …”lo vi en el
vestíbulo. Le dije que Crónica del alba
era mi libro favorito…Es tal como me lo imaginaba, solo que viejo de verdad.
Muy español y arrogante, todo un señor”…
En una carta de ese periodo a su
compañera de colegio en Santiago de Chile, Lorna Gladstone, le cuenta: “…fui a
Los Ángeles y lo pasé de fábula. Adivina con quién salí…Toro, de El llanero solitario…Se llama Jay
[Silverheels], por cierto…Lo que más me gustó fue el decorado de El llanero solitario…Todo el mundo me
trató de lujo”.
[En Carretera de Corrales, Alameda,
Nuevo México]…”Todos nos sentíamos parte de una era emocionante para la poesía
y la pintura, el jazz… Bob y Bobbie Creeley vivían al final de nuestra calle.
Allí se quedaban Ed y Helene Dorn [Los Dorn], que acababan de llegar de
Washington. Bob y Ed eran poetas…Otros escritores y músicos pasaron por
Albuquerque: Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Gerry Mulligan, Dick Twardzik, Percy
Heath…”.
Su
primer marido, Paul Suttman: “Me intimidaba. Era escultor…Me vestía como me
pedía que me vistiera…me hacía dormir tumbada boca abajo en la almohada
confiando en corregir mi “principal defecto”, una nariz respingona… Cuando
estábamos en restaurantes o en bares… Paul rectificaba mi postura… eligió todo
el mobiliario de la casa…”. Cuando se quedó embarazada del segundo hijo, la
abandonó.
Race
Newton. “Conocí a Race la noche antes de que naciera Jeff [su segundo hijo, nacido
el 26 de abril de 1958]… Quería casarse conmigo…”.
Los libros de su vida. “Durante toda mi
vida leer había sido un consuelo íntimo”
En
su relato Inmanejable, sobre una
mujer alcohólica que intenta pensar en otra cosa mientras abre la licorería más
tempranera, cita varios escritores de su estantería: Edward Abbey, Chinua
Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen o Paul Auster.
Las canciones de su vida
En
Santiago, Chile (1949…): Night and Day, Frenesí, Adiós muchachos,
La Mer, de Charles Trenet; My Foolish Heart, Siboney, Long Ago and Far
Away
https://www.youtube.com/watch?v=U43_f1LSKxs. Night
and Day. de Frank Sinatra
sobre la canción de Cole Porter.
https://www.youtube.com/watch?v=HKb4OzSUMiQ. Frenesí, por los Indios Tabajaras.
https://www.youtube.com/watch?v=HizJZbcSovo. Adiós, muchachos.
https://www.youtube.com/watch?v=m13hKbg5KD8. La Mer, de Carles Trenet.
https://www.youtube.com/watch?v=ZCWuj2kg-HY. My Foolish Heart.
https://www.youtube.com/watch?v=20wj3xS-6qg. Siboney.
https://www.youtube.com/watch?v=k1bwhGNeUuc. Long Ago and Far Away.
Películas
La
casa roja.
lunes, 4 de mayo de 2020
DIARIO RURAL, por Susan Fenimore Cooper, la hija de James
jueves, 23 de abril de 2020
JOAN MARGARIT, PREMIO CERVANTES . RECUERDOS Y OBRA POÉTICA
El
oráculo
En el pequeño matadero, aguardas
a que te vendan sangre.
Hay, sobre el suelo de cemento, un banco
con las cabras tendidas en hilera,
balando, atadas y ofrecido el cuello.
Bajo una de ellas has dejado el cazo.
Es negra y suave. Con parsimonia, un hombre
armado de un punzón, la ha degollado.
Como ocurría en Delfos, el mensaje
del chorro rojo golpeando el cazo
con el mismo sonido que ahora escuchas,
fue difícil y oscuro, y has tardado
cuarenta años en interpretarlo.
Lo haces ahora, mientras meas sangre.
en la posguerra los escaparates
tenían un color gris de penuria.
Y, sin embargo, en la cuchillería,
en cada hoja de acero destellaba la luz
como si se tratase de pequeños espejos.
Descansando la frente en el cristal,
miraba una navaja larga y fina,
bella como una estatua de mármol.
Puesto que en casa no querían armas,
fui a comprarla en secreto y, al andar,
la sentía, pesada, en mi bolsillo.
Cuando, a veces, la abría, muy despacio,
surgía, recta y afilada, la hoja
con esa conventual frialdad del arma.
Silenciosa presencia del peligro:
la oculté, los primeros treinta años,
tras los libros de versos y, después,
en un cajón, metida entre tus bragas
y entre tus medias.
Hoy, cerca ya de los cincuenta y cuatro,
vuelvo a mirarla, abierta en la palma de mi mano,
igual de peligrosa que en la infancia.
Fría, sensual. Más cerca de mi cuello.
debí haber aprendido algo de griego
y adquirido un barniz sobre los clásicos.
Pero, si aprender algo era difícil,
nada tenía aún menos futuro
que el alemán, cubierto por negruzcos
escombros de Berlín bajo la nieve.
La mía era una lengua perseguida
y la suya una lengua derrotada.
En un aula pequeña del chalé
donde estaba instalado el Instituto,
al entrar la encontraba de rodillas
fregando junto a un cubo, hablando sola.
No sé alemán y en general no tengo
buen recuerdo de toda aquella gente,
pero no olvidé nunca su dolor.
Ahora que paso cuentas con quién soy
siento en frías baldosas mis rodillas
mientras borro el ayer, como ella hacía
con la roja cenefa del mosaico.
DÍAS DE 1948 EN EL TURÓ-PARK
el bloque, por detrás, donde daba mi casa,
tenía mucha luz: se abría a la maleza
de afueras y solares del suburbio.
Delante estaba el parque con el orden
del misterioso verde oscuro urbano.
De aquel lado de atrás me asustó siempre
un erial demasiado luminoso.
Como una alegoría del país devastado
en el que yo nací. Del lado de delante
me ha asustado acabar como un intruso
en un parque bellísimo sin haber sido nunca
un romántico inglés de clase alta.
Esplendor y adustez son mala simetría.
Me gusta, a veces, regresar al parque.
Ahí lo descubrí: para ser libre,
que aquellos que te quieren
no sepan dónde estás.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
—esta flecha de sombra—
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Caerán los años. Te cansarán los libros.
Descenderás aún más
e, incluso, perderás la poesía.
El ruido de ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que habrás guardado
serán tu última literatura.







