martes, 1 de mayo de 2012

OTA PAVEL: LO MÁS HERMOSO DE MI VIDA, EL RÍO Y LA PESCA


Su última obra escrita, Cómo llegué a conocer a los peces, publicada en 1974 en Checoslovaquia, acaba de ser traducida al castellano por Patricia Gonzalo de Jesús (Sajalín Editores 2012). Es una joya. Jan Werich, un actor checo y amigo, dijo en una ocasión: “Si Ota Pavel hubiera escrito sus cuentos en inglés, le habría adorado todo el mundo”.


No sé por qué  relaciono sus relatos autobiográficos, así, a bote pronto, con Manuel Llano, Thoreau, Bashevis Singer o Herman Hesse: lo mágico y la naturaleza se aúnan en unos cuentos rurales sencillos en los que se presentan situaciones pero nunca se hacen juicios.

En el epílogo, confiesa: “Enloquecí en la olimpiada de invierno de Innsbruck”… El detonante, según su hermano Hugo, fueron las palabras de uno de los jugadores de hockey de la selección olímpica checa, a quienes bajó a felicitar como editor de deportes. Cuando trataba de animarles, diciendo que el tercer puesto -la medalla de bronce- no era tan malo, le espetó: ¡Judío, ve a que te gaseen! Con estas palabras, removió los horrores de la infancia y de la guerra y tuvo su primer ataque de depresión maníaca. A partir de entonces, 1964, y hasta su muerte, de un infarto, en 1973, fue hospitalizado 16 veces.

El epílogo termina: “He estado tentado de matarme cientos de veces cuando ya no me sentía con fuerzas para continuar; sin embargo nunca he llegado a hacerlo. Tal vez, en mi subconsciente, deseaba, una única vez más, besar al río en los labios y pescar peces plateados. Fue la pesca la que me enseñó a ser paciente y los recuerdos los que me ayudaron a vivir”.

LA PESCA Y LA LIBERTAD. ESTAR A SOLAS CON EL RIO

“La pesca es, antes que nada, libertad”- escribe. “Caminar kilómetros y kilómetros en busca de truchas, beber agua de las fuentes, estar a solas y libre al menos durante una hora, unos días, o hasta semanas y meses. Liberado de la televisión, de los periódicos, de la radio y de la civilización”.

El pantano de Janov, la región de Krivoklát, el molino de Nezabudice, el río Berounka, las misteriosas anguilas…son lo más hermoso de su vida. “Amaba el río más que ninguna otra cosa en el mundo…El río es el hondo pozo del olvido”.

“SI QUIERES SER FELIZ TODA LA VIDA, HAZTE PESCADOR”

Esta era la última parte de un proverbio chino que Ota asumía como verdadero. Al final de la II Guerrra Mundial, cuando sus hermanos Hugo y Jirka regresan de los campos de concentración, deciden ir juntos todos los años durante una semana “a los ríos más hermosos”. “Queríamos ir a los parajes de nuestra infancia”.

LA NATURALEZA, LA ESCUELA DEL RESPETO Y DEL AMOR

Ota aprecia el silencio para propiciar la escucha: “La gente, estando en plena naturaleza, a menudo cotorrea acerca de minucias y estupideces, mientras que la naturaleza te habla, con su lenguaje directo y claro, tan solo de la belleza, del amor, del odio, del sustento, de la muerte…Cuando estoy de pesca no soporto a nadie. Quiero estar a solas con el río”.

De su primer compañero de pesca, Honza el Largo, cuenta: “Nunca jamás volvió a pedirme que fuéramos juntos a pescar. Había empezado a convertirse en pescador…Pronto entendió que su compañero de pesca no era yo, sino el río y los astutos peces”.

EL SOL, EL MEDICAMENTO DE LOS PSIQUIATRAS CELESTES

En el epílogo, hablando de su enfermedad, una depresión bipolar, se sincera: “Padecí enormemente”.

Cita en uno de sus relatos medicamentos antidepresivos como “las pastillas suizas Noveril o las americanas Aventyl HCI”. “El sol…-aquella enorme pastilla de los psiquiatras celestes,…lo administran para ahuyentar la tristeza y levantar el ánimo-… es a veces más efectivo”- afirma.

También se refiere a una predicción astrológica que, “hacía años, había vaticinado que alguien de nuestra familia enloquecería…Se cumplió la predicción. El que perdió la chaveta fui yo, de modo que pasé cinco años en una institución para enfermos mentales. Allí no hay peces. Únicamente reyes, emperadores, napoleones, cristos, afroditas, princesas Libuse y doncellas de Orleans”.
Una superstición, la de las “setas blancas”, da título a otro de los relatos. Según su tía Karolina, cuando abundaban las setas blancas en el bosque de Krivoklat, comenzaba una guerra. Así había ocurrido antes de la I Guerra Mundial. Ahora es 1938. “Al año siguiente, nos ocuparon los alemanes”. Cuenta su hermano Hugo: “20.000 alemanes vinieron a Praga y los judíos tuvieron que dejarles sus casas. Fuimos al barrio judío de Praga, Josefov, y más tarde tuvimos que abandonar la capital. Marchamos a casa de los  abuelos en Bustehrad. El 15 de febrero de 1943, Jiri y yo fuimos enviados a un campo de concentración”.  Ambos volvieron del infierno pero a Ota, que había permanecido con su madre, le quedaron secuelas que se revelarían  fatales años más tarde. En Cómo llegué a conocer a los peces consigue hablar de ello con desapasionamiento: “Ya no se me partía el alma ante los improperios [¡Judío de  mierda!]; me había acostumbrado a ellos durante la guerra…Era el único de la familia que no tenía grilletes en las piernas ni argolla en el cuello…Todos los miembros de nuestra familia estaban ya en un campo de concentración o muertos. A la abuelita Malvina…la gasearon en Auschwitz”…

En la última página aparece una gráfica ilustración de Güido Sender Montes (Barcelona, 1981).

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